En el año 350 antes de Cristo, Platón escribe dos obras que
conocemos como los diálogos de Timeo y Critias. En éstos nos relata una
historia fascinante en dos partes, la historia de la Atlántida, una tierra
habitada por descendientes de los dioses, donde el alimento y los recursos excedían
con mucho la abundancia, gozaban de una convivencia idílica y habían alcanzado
un desarrollo tecnológico sin paralelismo en el mundo conocido. Esa tierra
estaría situada frente a lo que los griegos llamaban las Columnas de Hércules,
y que hoy nosotros conocemos con el estrecho de Gibraltar.

La grandiosa isla, creada por Poseidón, estaría habitada por
los hijos que este dios tuvo con Cleito, y por los descendientes de éstos. La
capital era ciudad majestuosa, Poseidonia, que se alzaba sobre una isla, en la que estaba el
palacio real, rodeado por una muralla de oro. Alrededor de esta isla central se
extendían anillos de tierra concéntricos, sobre los que habitaban los atlantes,
descendientes de los descendientes de Poseidón. La existencia en la tierra
atlante era pacífica y virtuosa, pero pronto los reyes se corrompieron y
comenzaron las luchas internas y las intrigas, que desembocaron en tiranía.
Zeus, el padre de los dioses, resolvió que los atlantes merecían ver castigada su soberbia. En este punto termina el Timeo y comienza el Critias, donde nos narra el castigo de Zeus, que en un solo día y una sola noche destruyó por completo aquel edén, quedando todas sus gentes y sus riquezas hundidas en el mar por siempre. Platón fechó este hundimiento alrededor de 9.000 años antes. Si él vivió en aproximadamente entre el 400 y el 300 a. C, los cálculos aproximados colocan la caída de la Atlántida entre 11.000 y 12.000 años.
Platón siempre transmitió esta historia como verídica, nunca
como un mito o metáfora con fines moralizadores o educadores. alēthinós logos decía
él. Sin
embargo, como hasta ahora no pudieron encontrarse vestigios de esta ciudad
perdida, resultaba más fácil negar su existencia que invertir energías en
buscarla.
Ya no es la primera ocasión en que un relato de este tipo
resulta ser verídico. No olvidamos que los cientifistas negaban
sistemáticamente la existencia de Troya (hacia el año 3000 a.C), pese a los
detallados relatos de Homero narrándonos sus epopeyas en la Ilíada y en la
Odisea, simplemente porque nadie había sido capaz de encontrar restos de ella.
Y todo ello pese a que Julio Verne, un visionario incontestable, ya nos
regalara con pequeñas trazas de esta realidad. No sería hasta finales del siglo
XIX cuando el también visionario Schiliemann encontró las ruinas de Troya,
demostrando así que las cosas no dejan de ser ciertas sólo porque hasta ahora
no hayan podido palparse.

Estos tsunamis serían la consecuencia de la caída de un meteorito
de más de 20 kilómetros de diámetro en lo que actualmente se conoce como Lago
Cuitzeo, en Méjico, tal como podéis leer en este artículo del periódico El Mundo que se hace eco de las investigaciones arriba mencionadas.


De momento id saboreando la satisfacción de saber que tuvimos a los atlantes muy cerca, quién sabe incluso, si compartiendo antepasados.